Pensar una ciudad, para las grandes mentes que forjaron civilizaciones, era ante todo replicar en la tierra la armonía del universo, en donde lo mágico-religioso, lo político, lo científico y lo artístico ocupaban un lugar relevante en el urbanismo físico y en la conciencia de la organización de la vida cotidiana. La ciudadela se planificaba también como un recordatorio permanente de los aspectos fundamentales de la vida en lo individual, en lo colectivo y en lo sagrado.
Un habitante de una ciudadela probablemente encontraba en ella la organización social apta para la práctica de los valores trascendentales que sostenían su cultura. Habitar una de estas ciudadelas seguramente era un servicio que se prestaba a la comunidad; un voluntariado al cual se accedía mediante el ejercicio constante de la Virtud.
La Fortaleza de Kuelap está ubicada estratégicamente en las altas cimas de los andes amazónicos, rodeada de espesas selvas, impenetrable para los poderosos Incas que jamás  pudieron conquistarla. A la manera de los castillos medievales europeos, protegía su interior con muros de hasta 20 metros de altura, dos o tres laberínticas entradas diseñadas en forma de nasa, y una amplia visual que posibilita detectar movimientos a muchos kilómetros de distancia.
Kuelap es quizás una de mis ciudades preferidas.
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